Telecaster y enemigos mediocres

 

 

1. Telecaster

Julian Lage toca I’ll Be Seeing You en The Blue Whale, Los Ángeles. Abril de dos mil dieciséis. El concierto está en YouTube. Lange ocupa una Telecaster, lo hace como si hacer jazz en otra guitarra no tuviera sentido. Es delgado, viste bien, usa gafas y tiene veintinueve o treinta años. Todo apunta a que adora las camisas verdes. En cualquier caso nació en mil novecientos ochenta y siete. Hace unos días me dijeron algo insólito: Tu obsesión por las guitarras es casi machista. Fue después de que comentase lo extraordinaria que me pareció una Silvertone de los años sesenta que vi en Madrid hace un mes, la misma que aparece en la película de vampiros de Jim Jarmusch, Only lovers left alive. Estaba colgada de un muro junto a otras tantas, en una tienda de instrumentos del centro. Sentados en el suelo Javier Ruibal y Leonor Watling. En el local, Jorge Drexler grababa un directo para Radio 3. Lage toca una Telecaster, en la pared había una Silvertone preciosa de los años sesenta y jamás podré recordar qué guitarra tocaba Drexler esa noche. Apuesto con riesgo a perder que era un Gibson de caja.

Siempre me han obsesionado más las guitarras que las mujeres. Las mujeres no tienen por qué obsesionarte. Sí que tienen. No. Me gusta mi nombre. Salvador J. Tamayo. Tiene una J en el centro. J de jodido, jabón, jónico, jazmín, jugar o joyas. Mi nombre es lo único que nadie puede jamás quitarme. Las guitarras vienen y van pero un nombre es distinto. No podemos robar un nombre, al menos no en principio, en realidad sí se puede, pero no en principio. Georges Pèrec es un escritor francés que dicen fue inventor de la patafísica y tiene toda una novela sin usar la letra “E”, la más común en francés. La disparition. Perec, un buen día decidió comenzar a escribir sus recuerdos y el resultado se publicó en mil novecientos setenta y ocho: Je me souviens, en la editorial Hachette. La última edición en español la sacó Impedimenta, la tradujo Mercedes Cebrián y yo conocí la historia por Juan Bonilla. Incluso tuve alguna vez un cuaderno barato, anillas de metal y pastas de cartón, en el que escribía mis propios Je me souviens. He contado esta historia más veces de la que me  avergüenza admitir pero cada quien es libre de escoger sus bucles. Por ese entonces era muy idiota y perdía el tiempo constantemente con absurdos rituales por los que varios escritores se habían hecho conocidos. Lo interesante, y lo terrible, es dejar de seguir a falsos profetas y un buen día darte cuenta de que tus propias manías te ocupan demasiado tiempo como para continuar con la estúpida liturgia importada e impostada de otros. J de jabón y de jugar, también de joyas. De hecho incluso algunas frases de ese cuaderno las escribió una chica, una chica que no sabía tocar la guitarra aunque si fuera guitarra sería una Les Paul. Sin ningún tipo de duda. El cuaderno está, con apenas unas pocas páginas ocupadas, en la casa de mis padres donde aún quedan unos pocos cientos de libros. No los importantes, o al menos no los urgentes, aunque al cerrar los ojos esté frente a los estantes y vea varios imprescindibles. Your home/ homeland is where your books are. Complicado. Por decir algo.

2. Enemigos mediocres

Comencé escribiendo recuerdos como un juego y terminé haciéndolo por pura necesidad. Mala memoria. Qué mala memoria. No puedes justificar tu falta de interés con mala memoria. Amén a eso. Cuánta sabiduría. Quien me dijo eso era una Rickebacker 360, aún no he decidido si negra, como la que toca Johnny Marr y aparece en el primer single de Oasis, o cherry sunburts. Somos nuestros recuerdos, eso me contó convencidísima una Fender Jaguar modelo signature del guitarrista de The Smiths. Y, aunque en el momento la frase me pareciera la peor basura propia del más azucarado Paulo Coelho, tenía toda la razón del mundo. Comencé escribiendo recuerdos como una mera presunción estética y terminé anotando nombres, todos los nombres. Somos nuestros recuerdos y la lista de nombres que arrastramos cada día y que ya están malditos. Nombres que en un momento concreto se vuelven malditos por su simple evocación: Amigos que nos han traicionado, enemigos, compañeros de pisos imbéciles, ex novias, ex novios de novias y ex novias, ex novias de ex novias, compañeros de trabajo, compañeros de batallas e incluso algún presidente del gobierno. No me refiero solo a las personas que nos han hecho daño de forma directa, creo que la onomástica más interesante es la de que aquellos a los que por alguna u otra razón, de forma intencionada o sin pretenderlo han sido los agraviados por nosotros. L’enfer c’est les autres. Fuck ‘em all! Fuck Voodoo! En mi corazón no caben más alfileres. En mis ojos tampoco.Esa lista tan particular donde el ultrajado es el otro. Pienso en todas aquellas personas a las que les produce asco, risa o rabia el simple sonido de  mi nombre. Salvador J. Tamayo. La jota de Jorge, Juan, José, Jaime y Javier. Pienso en ellos y echo tanto de menos tener un Profesor Moriarty, un Némesis al que pueda temer o al menos respetar desde el odio y la distancia. Alguien en el que emplear fuerzas, tiempo, dinero y recursos para sentir que odiar merezce la pena. Sin embargo, frente a eso, tengo un ejército de idiotas mediocres que suplen su falta de imaginación y talento con odio irracional. Son los más peligrosos, porque no los tomas en serio, crees que no se merecen que los tomes en serio. Y no lo merecen.  No soy especial, todos sabéis a lo que me refiero, porque no somos especiales. A todos nos sucede lo mismo, en niveles distintos. Fuck coaching! Repite conmigo: No soy especial. No soy especial. Por suerte tampoco corriente. Ser raro no es ser especial, solo es ser raro. Solo se te puede querer, eso me lo dijo una Martin D15 del año ochenta y seis.    

A veces hay incluso algún conflicto: Pablo. Pablo es el nombre de uno de mis mejores amigos, mi disco favorito de Radiohead (Pablo’s Honey) y el nombre de un hijo de puta que no paraba de molestarme cuando iba a secundaria. Si no me equivoco hace poco que entró en prisión por tráfico de drogas. Llevaba zapatillas Jordan simplemente porque eran las más caras de la tienda de deportes. Los que crecimos en ciudades de provincias sufrimos las tiendas de zapatillas con nombres de familia franquista: Deportes Romero, Deportes García, Deportes Miralles, Deportes Imperial. En este caso el recuerdo depende del contexto. Sin embargo otros no dan lugar a esa opción. La lista de nombres que no podré usar con ninguno de mis hijos es considerable y con los años va en aumento. Yo también uso zapatillas Jordan, me encantan las zapatillas Jordan, adoro las zapatillas Jordan. Y no me las pago menudeando con pastillas o hachís, sino echando más horas que un cabrón en una multinacional. Tenemos trabajos terribles para comprar mierdas que no necesitamos, (Fight Club, Palathniuk). Tú sí que sabes, Chuck.

No pronuncies ese nombre en esta casa, frase de mi Grestch Black Penguin favorita. La estabilidad depende del equilibrio y este tiene sus pilares en los recuerdos, en la memoria, en la asociación. El innombrable. Il deficiente. Una amiga de Milán llama así a su chico cuando está encabronada con él. No sé si es una Danelectro o una Epiphone Les Paul muy barata. Depende del día.  La semana pasada le pregunté por qué lo hacía. Su respuesta: “Me encanta su nombre. Si lo pronuncio cuando estoy cabreada le voy a coger rabia y no quiero”. Su situación es aún más especial, la maldición del nombre es profundamente selectiva.

Incluso en el caso del ejército de zombies mediocres e idiotas que todos tenemos como enemigos, negar su nombre puede otorgarles una entidad que ni siquiera merecen. Mi personaje favorito de Games of Thrones es Aria. La pequeña de los Stark que sueña con convertirse en un sin rostro. Cada noche recita el nombre de los enemigos a los que desea asesinar, como un mantra, un padrenuestro corrupto que se alimenta con los años. El ejercicio que realizó Perec con sus Je me souviens deberíamos hacerlo cada noche repitiendo nuestra particular lista de nombres malditos. Incluso podríamos grabar los nombres en una nota de voz en nuestro teléfono móvil y reproducirlo en bucle antes, durante y después de nuestra fase de sueño, como si fuera el podcast de turno. Quien no cree en Dios a cualquier santo le reza. Que no cunda el pánico. La lista de nuevo: dos, cinco, siete, dieciséis, treinta y cuatro nombres que nos haga terminar con el corazón y los ojos lleno de alfileres y una sonrisa adorable en los pómulos. 

No puedo pronunciar tu nombre. No quiero pronunciar tu nombre. Eres una  Martin, eres una Rickenbacker, eres una Silverstone de mil novecientos sesenta y dos. Eres una Telecaster como la que toca Julián Lange mientras sonríe y parece que lo que hace es tremendamente sencillo. J de jugar de Jaguar como la que tocaba Johny Marr, John Fruscisante y Kurt Cobain. Npronuncies ese nombre en esta casa.

 

 

 

Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".