El escritor fracasado

 

Columna en GRUNDmagazine

 

Roberto Arlt, en su relato El escritor fracasado, refleja perfectamente la sensación que todo escritor tiene en algún momento de su vida, o peor aún, que esa sensación -enferma de literatura como diría Fogwill- se convierta en un estado permanente. Suscribo cada una de las palabras de Roberto Arlt en el relato, así como las náuseas diarias del que magistralmente en 60 páginas sangra todo lo que no tiene que decir. Aparecido por primera vez en 1933 y recomendado hasta la saciedad por Julio Cortázar, este relato se convirtió en inmortal en el momento en el que varias generaciones de escritores lo han leído y han pensado: “Eres un hijo de puta”. Lo es, que duda cabe. Porque en el texto no se habla del paso del tiempo, ni de los demonios del escritor, del juego de máscaras, la lucha de egos, la estética como única religión ni mucho menos de la incidencia del mundo del arte con las ideologías. Por favor, absténganse los pesados faltos de talento que creen que cada palabra que un escritor “comprometido” tiene que escribir, debe ser un arma para acabar con el capitalismo. La literatura es otra cosa. Roberto Arlt:

“Nadie se imagina el drama escondido bajo las líneas de mi rostro sereno, pero yo también tuve veinte años”.

“¡Oh! Aunque no lo creáis, yo también he tenido veinte años soberbios como los de un dios griego, y los inmortales no eran sombras doradas como lo son para el entendimiento del resto de los hombres, sino que habitaban un país próximo y reían con enormes carcajadas.”

“-La vida no es literatura, hay que vivir…, después escribir. No inútilmente se finge el fantasma. Llega un día en que se termina por serlo.”

“Nada me ofendió más profundamente que el éxito de un compañero a quien despreciaba en mi fuero interno”.

¿Por qué yo no podía producir y otros sí?¿Dónde radicaba la misteriosa razón que hacía que un hombre que se expresaba como un imbécil, escribiera como si tuviese talento? ¿En qué consistía la personalidad, cómo se construía la personalidad, si yo conocía individuos sin ella en su vida práctica, pero que en sus páginas dejaban a ras de línea lingotes de originalidad? Y sin embargo eran incapaces de contestar con mediana habilidad a una provocativa ingeniosidad mía.”

Pensé en matarme. Un gramo de cualquier veneno resolvía mi problema.

“-Usted tiene razón, hay que ser exigente. El que no es exigente consigo mismo, mal puede serlo con los demás.”

“-¡Abajo los conejos de la literatura!”

“A mis camaradas les anuncié que preparaba la Estética del Exigente a base de un cocktail de cubismo, fascismo, marxismo y teología. Varias literatas se alegraron tanto al recibir la noticia, que a consecuencia de ello, se les declaró furor uterino.”

“Nos cagamos en el arzobispo y organizamos una brigada que defendía el honor y la altisonancia de la literatura, creamos el tipo del squadrista y bastonattore del fascio artístico.”

“Histérico como un pederasta, manoseé y critiqué con dureza a hombres que hubieran debido merecer todo mi respeto, si soy capaz de respetar algo.”

“Allí se bebía cerveza con cocaína, allí se daban de cachetadas los literatos; y las escritoras, para afirmar su independencia, se arrojaban a la cara injurias de verduleras.”

“¿Quienes sino nosotros (según decíamos) podían orientar a la clase obrera hacia la resolución de sus problemas? ¿No constituíamos algo así como la sal de la tierra proletaria?”

“Trágico destino el nuestro. Primero excomulgados por el arzobispo, después anatematizados por el proletariado. Durante algunos meses odié ardientemente al sucio proletariado y su espantosa dialéctica. Lamenté que en el país no se hubiera implantado el régimen fascista”.

“¡A la basura el dandysmo y los impotentes!Yo era un hombre de carne y hueso, admirador del talento allí donde se encontrara, incluso si estaba tirado entre excrementos”.

“¡Allá ellos y sus problemas!”

Soy un burgués egoísta. Lo reconozco”.

“-¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita? Y yo sé que tengo razón”.

 

 


Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".