París, Foo Fighters

Breve crónica de la destrucción del espíritu adolescente

París / 17 Junio 2018

 

1. Estación de metro Bastille

No tengo ninguna esperanza en las máquinas expendedoras. Si el mundo fuera justo se publicarían, en los boletines oficiales de todos los estados, ordenes ministeriales que obligarían a hacer de ellas una enorme pila de acero, cristal, chocolate y refrescos con azúcar. Altar de sacrificios. Eterna tragaperras que solo da un limón y dos cerezas: Monedas de dos euros atrapadas en el cajetín del cambio. De nuevo otra moneda de dos. Adiós a mi cash y la botella de agua mineral atascada en el fierro de espiral. Espiral que lucha por ser un círculo y da asco. La tarjeta de crédito acepta el pago. Haga su selección: Número 53. Agua sin gas. Finalmente cae. Mi testarudez ha hecho que pague por unos tragos de agua en una mugrienta estación de metro de París lo mismo que si la hubiera tomado en la terraza del Ritz de Place Vendôme. Le doy unos golpes. La gente mira. Algunos asienten. Otros se incomodan. Miro al otro lado del andén y la máquina de enfrente tiene el cristal roto. Un golpe fuerte, ojalá un disparo. No me extraña en absoluto.

Máquina expendedora, Estación de metro “Bastille”, París.

 

 

2. Wolf Alice

Me gusta Wolf Alice porque aunque sean británicos parecen de Los Ángeles. Difícil de explicar. Recuerdan a veces a The Clash y otras a PJ Harvey, pero aún así parecen de Los Ángeles. Joff Oddie sólo toca con Fenders Jaguar aunque a veces e deje ver con una Stratocaster blanca. Le conté tres. La última de todas es la versión American Professional que solo usa para hacer ruido, dejarla caer con el mástil hacia el suelo y acercarla al amplificador saturando todo lo que pueda. Horas después vería a Dave Grohl tocar la batería versionando “Under Pressure” de Queen, pero el espíritu eterno y adolescente de Kurt Cobain no terminó de poseer la situación y lo que parecía una performance de destrucción y caos quedó en un par de tímidos golpes a la guitarra contra el suelo. Nada que ver con la rabia de Pete Townshend o Paul Simonon. Acaba de comenzar la gira, según su web oficial aún quedan  treinta y dos conciertos hasta el último el veintiséis de septiembre en Richmond, Australia. Treinta y dos Jaguars del dos mil diecisiete, cincuenta y cuatro mil cuatrocientos euros, algo menos en dólares. Demasiadas guitarras destrozadas para alguien que hace de la ira una presunción estética y no un camino de salvación. Yo tampoco la hubiera roto. No allí. Tampoco en el FIB. Quizás en el Summer Sonic de Tokio o en el Reading en UK, para jugar a la revolución con los de casa.

Theo Ellis (bajo) y Joel Amey (batería) recuerdan en energía y talante a Spud, de Trainspotting.  Ni por asomo es algo malo, todo lo contrario. Me gusta Wolf Alice porque me encanta Ellie Rowsell y porque a pesar de los años me hace sentir por momentos que cuando los escucho es de nuevo mil novecientos noventa y cuatro. En 1994 no tenía ni idea de que fuera 1994. Su Telecaster tiene una pastilla humbucker en el puente. Eso explica muchas cosas. Bros, Don’t Delete the Kisses, 90 Mile Beach y así todo.  Sólo por oírles valió la pena las horas en coche desde Bruselas hasta París, aunque el viaje en sí no necesite excusas.

Actuación de Wolf Alice en el Download Festival, París. 17 Junio de 2018.

 

3. Didier

El tren lleva las ventanillas abiertas. Hace calor para ser Bélgica. Junio en Europa, otoño del sur. El tren lleva las ventanas abiertas y el ruido hace que tengamos que gritar para oírnos. Los asientos son de sky, de un amarillo que creía extinto y el vagón huele a Talgo de 1993. El que tardaba casi 24 horas en llegar a Galicia, el que paraba en Madrid y  las horas de espera del enlace nos daban el tiempo justo para ir a un McDonalds. A principios de los 90 no había McDonalds en el sur, al menos en las ciudades pequeñas. Y era fantástico. Desde hace unos años todas las ciudades son la misma. Antes nos quejábamos de esa idiosincrasia que ahora añoramos.

La estación de Bruselas Midi tiene la presunción estética de una catedral a punto de ser demolida y la funcionalidad de un falansterio. Didier nos lleva a París. Quedamos a las 10. Me llama a las 9. Nos vemos en la puerta del hotel Ibis frente a la estación. El Ibis es a la clase media lo que un nuevo corazón a un cocainómano de setenta años.

 

Me llamo Didier.

Encantado, Didier. Soy Salvador. ¿De dónde eres?

De Bruselas.

Hay pocas personas que sean de Bruselas.

Soy de África.

Yo de España.

Soy del Congo.

 

No me parece apropiado preguntar si de la República Democrática del Congo o de la República del Congo, sobre todo porque cada quien tiene derecho a ser de donde le dé la real gana. Didier tiene cuarenta y siete años, un KIA negro y unos modales exquisitos. Su inglés es terrible pero aún así es mil veces mejor que mi francés. Tenemos aún que esperar a dos acompañantes más, ambos africanos. Sefako, una chica que llega tarde y otro tipo que no responde al teléfono. “Always late african people”, dice Didier molesto. Recogemos a Sefako y al salir de Bruselas entrando la autopista y más de treinta minutos de la hora acordada llama el último viajero. Didier discute con él un poco. Es un hombre de honor, no le molesta que no haya dado señales de vida hasta ahora, en realidad lo que lo rompe es que el tipo insinúa que le está mintiendo. Je t’ai appelé, je t’ai attendu et je n’ai pas eu des nouvelles. Maintenant tu m’insultes. Je suis désolé, nous sommes déjà partis. Au revoir.

Le damos la razón a Didier y Sefako comenta el partido de Francia contra Australia que suena por la radio. Por alguna extraña razón todos vamos con Francia. Dos horas más tarde llegamos a la estación de tren de Noisy-le-sec donde es bonito encontrarse de nuevo con la épica del extrarradio y lo cotidianiano de los desheredados. Tomo algunas fotos. He encontrado la estética para mi próxima novela. La lucha de clases no es una presunción estética. La lucha de clases también es literatura.

 

4. The Hives

Hace años The Hives eran cabezas de cartel en los mejores festivales del mundo. Tengo todos sus discos y ansias por verles desde el dos mil cinco, quizás por eso el desencanto fue brutal. Cuando no hay expectativas, la decepción se reduce a su mínima expresión.

Tocaron casi todas las canciones clásicas, la puesta en escena era muy buena (sin embargo  los chicos de Royal Republic les ganaron el pulso en todos los aspectos) e incluso tuvieron un freezing moment que se antojó eterno. Lo que sea con tal de no tocar. Estupendo todo, de no ser porque Pelle Almqvist le “pidió” a uno de los cámaras que les abrochara los cordones de sus zapatos y se pasara al menos treinta y cinco minutos sin cantar gritando al público: “Are you ready for Foo Fighters?”. Tal cual. No, motherfucker. Im ready to see how you sing and earn your fucking money. Como diría Dave Grohl. Incluso los chicos de Foo Fighters se rieron un poco de ellos. Decepcionante. Ser una estrella también es mantener el ritmo, y no parecer que te estas quedando con la gente, si se te hace largo el concierto, versiona a The Ramones, o a Queen, eso nunca falla. De hecho fue lo que pensaron Dave Grohl y sus chicos.

A comienzos del siglo XVII Caravaggio fue acusado de homicidio y tuvo que huir precipitadamente de Roma. Estaba herido de gravedad y acababa de matar a un hombre en una reyerta. Su último encargo fue el cuadro: Morte della Vergine (La muerte de la Virgen). La familia Lelmi lo ordenó para decorar la capilla Cherubini en la Iglesia Santa Maria della Scala en el Trastevere. La Virgen aparece muerta, como una mujer corriente, con las piernas descubiertas, pálida y los tobillos y el vientre hinchados. A su alrededor, figuras que pudieran ser los apóstoles junto a María Magdalena, pintados también de la forma más ordinaria posible, estando muy alejados de su representación canónica. Caravaggio usó de modelo una prostituta que había aparecido ahogada en el Tíber. Él mismo vio cómo sacaban su cuerpo del agua. El escándalo fue enorme, retiraron el cuadro de la capilla por obsceno y por mostrar a la Virgen de esa manera. La obra la compró el duque de Mantua, Vincenzo Gonzage por recomendación de Pedro Pablo Rubens, caballero conocido por tener un talento enorme y un gusto exquisito. El cuadro tuvo varios dueños hasta terminar en manos de Luis XIV. En la obra, María Magdalena aparece sentada en una silla normal y corriente. También ella está basada en una prostituta. En la realidad, la imagen y la ficción.

El cuadro, de más de tres metros de alto, se terminó en Roma en 1606 y es impresionante. Una de mis obras y uno de mis pintores favoritos, sin contar por supuesto a Degas y sus bailarinas. La cara y el cuerpo sin vida de la Virgen es el de una mujer común inmortalizada por uno de los mejores pintores de todos los tiempos y colgada en un muro del Louvre. A pocos metros, la sala donde está La Mona Lisa y Las Bodas de Caná. Ambas impresionantes pero no hay excusa para que esa sala estuviera como un botellón el sábado de carnaval y casi todo el mundo pasara ante Boticelli, Carpaccio y  Rafael Sanzio como si fuera el pasillo de las salsas de un supermercado cualquiera.

Kobe Bryant visitó París unos días más tarde y publicó en Instagram varias fotos de su visita al Louvre, incluido un selfie junto a su esposa Vanessa delante del cristal que protege a La Mona Lisa. Hombre del Renacimiento, ganador de un Óscar. La posmodernidad crea monstruos. Respetar lugares sacro y traer un recuerdo. 40$ por una camiseta con el número 24 (KOBE) tras visitar el Stapless Center donde juegan los Lakers en el Downtown, y 10€ por unos cuantos lápices en la tienda del museo.  Louvre de Los Angeles. Stendhal cobra sentido de nuevo. La ficción va ganando. Instagram va ganando. El escaparate en el que se han convertido nuestras vidas con nuestro lícito consentimiento hace que los cuadros no sean más que un decorado, como las palmeras de una playa en el sudeste asiático llena de europeos buscando emociones fuertes, sabores intensos, corales y marihuana barata. Como si en Europa no existiera nada de eso. Arena de playa bajo los adoquines del Louvre. Tablas flamencas colgadas de bungalows junto al mar. El selfie de Vanessa Bryant, nuestra particular Mona Lisa. Todo al mismo nivel. de eso se trata crear una marca personal, emprender, invertir en ti mismo y demás léxico anarcoliberalista que si antes nos obligó a ser esclavos del consumo ha evolucionado en sí mismo para convertirnos también en productos.

“Muerte de la Vírgen” de Caravaggio, 1606. Museo del Louvre, París.

 

6. París Gare du Nord

La estaciones de tren que se hicieron durante el cambio del siglo XIX al XX son una muestra de que no está todo perdido en Europa. Sobre todo la de Amberes, Lille Flanders, Orsay (ahora reconvertida en uno de los museos más impresionantes del mundo), París-Austerlitz y París Gare du Nord. Austerlitz conecta con la parte sur de Francia, llega a Irún, y es de donde salieron las Brigadas Internacionales para luchar contra el fascismo en la Guerra de España y a donde llegaron los miles de exiliados que huían precisamente de esos fascistas cuando ganaron la guerra.

“El ruido de la carcoma. La presencia de una piedrecita o de un clavo en el zapato: uno se empeña en seguir caminando con la esperanza de que la costumbre disimule la molestia que produce, pero ocurre al revés: la molestia se convierte en dolor y el dolor se vuelve insoportable.”

Rafael Chirbes, París-Austerlitz

Pero odio la conexión interurbana de Gare du Nord. Está sucia, mal señalizada, las colas para las máquinas de billetes son interminables, pierdo siempre mucho tiempo, hay muchos soldados y tiene una arquitectura muy fea que recuerda lo más pretencioso de los años 70 aunque las obras comenzaran en 1998. Lo que hace que sea aún más terrible.

Me acerco a un grupo de soldados que patrullan la entrada del metro, con el dedo por fuera del gatillo y gafas de sol, para preguntarles cómo cojones puedo salir de la estación. Se violentan en un primer momento. Ninguno de los cinco pasa de los veinte años. No están para dar direcciones. No saben si vas a preguntarles por la Torre Eiffel, o a darles una cuchillada en el cuello, están tensos y es normal. Es más, por desgracia tienen que estarlo. No hablan inglés. Aún así llaman a un trabajador del metro para que me indique. Han sido muy amables y llevan fusiles HK416, el mismo  que usa Shelly Lafleur, mi  avatar en el Call of Duty. Una soldado negra que creció en New Orleans adicta a la guerra que en el fondo sueña con ser cantante de Soul. Shelly también usa Ak-47 y Lynx fineses. No estamos en un videojuego.

7. Foo Fighters

Tocaron el último disco (Concrete and Gold, 2017) y todos los éxitos que dan de sí veintitrés años de carrera. Aún así tuvieron tiempo, en las dos horas y media que duró el concierto, de versionar a The Ramones (Hey! Oh! Let’s GO!), John Lennon (con letra propia de Imagine), Queen (Under pressure) y hacer un bis. Taylor Hawkins (batería) estudió en el conservatorio percusión clásica, nació en Texas, se mudó con su familia a Long Beach, al sur de Los Ángeles, cuando era un niño, tocaba para los directos de Alanis Morrisette y entró en Foo Fighter después de que el anterior baterísta, William Goldsmith se marchara y Grohl regrabara él mismo las baterías en The colour and the shape (1997).

Dave Grohl: ¿Conoces a algún batería que podamos meter en la banda?

Taylor Hawkins: Lo tienes delante

Más de veinte años después Dave Grohl grita ante cincuenta mil personas, en una base aérea militar a treinta quilómetros al sur de París, que Taylor es el hombre, el amor, de su vida: This moherfucker is the love of my life. Cuando parecía que no quedaban ya más canciones por tocar se retiraron. Rozaban las once de la noche y salieron por las pantallas gigantes que flanqueaban al escenario como una suerte de columnas dóricas salidas de una versión amable de Blade Runner. Filtro infrarrojo activo. Imagen verde como la grabación militar de una misión de los Marines, solo que en lugar de soldados, terroristas o rehenes, en la imagen vimos a Taylor tumbado sobre algunos de los estuches de los amplificadores y a Dave Grohl acariciando su melena rubia y acercando la cabeza a su bragueta. This motherfucker is the love of my life.

Queen es una de las bandas favoritas de Taylor. Cantó Under preassure junto a Luke Spiller de The Struts y el glam le dio un beso con lengua a lo que empezó como grunge y  terminó siendo rock & roll. The sky is a neighborhood (2018) con tres coristas magníficas. Se nota la dedicación en la producción del último trabajo y la intención de buscar un sonido complejo. La primera vez que escuché a Nirvana fue en el año dos mil. Tenía catorce años, internet funcionaba a una velocidad de 56kb/s y se cortaba cada vez que alguien llamaba por teléfono. Las únicas formas que teníamos los chicos de provincia de saber más de las bandas que nos gustaban eran:

(I) Buscar en bibliotecas públicas algunos libros sobre rock, y sufrir sus traducciones de mierda y el desaire de editores sin escrúpulos que usaban tipografías terribles sin más criterio estético que querer aparentar ser radical. Que nos guste el rock y tengamos catorce años no significa que seamos idiotas sin criterio.

(II) Hacernos amigos de aquellos que tenían acceso a todos los discos del mundo, ya fuera por tener un padre con pasta que escuchara en su juventud a Creedence Clearwater Revival o Pink Floyd, o por un hermano o un primo estudiando en ciudades como Madrid, Glasgow o Londres.

(III) Salir con tipos quince o veinte años mayores que tú por bares donde la única motivación era que pusieran música nueva que no sonaba en los 40 principales. Ojalá la Mtv, con eso creo que lo digo todo. Esta última opción era un poco extraña porque solían ser tipos mucho más mayores, solitarios, y pagaban las cervezas sólo por un poco de compañía y conversación. Eso con suerte de que no tuvieran alguna extraña adicción o trastornos mentales. Iban con chicos de instituto pero aún tenían suficiente amor propio como para no sentarse en un escalón a beber un litro de Cruzcampo. También terrible, viéndolo con perspectiva.

La última canción fue Everlong, según la tradición en la banda. En 45 minutos, deprimido aún por la el suicidio de Kurt Cobain, sin casa, durmiendo en un saco de dormir en el suelo de un amigo, recién divorciado de su novia (la fotógrafa   Jenniffer Youngblood), con su cuenta bancaria bloqueada y la amenaza de William Goldsmith (batería), y el Pat Smear (guitar) de dejar la banda como hicieron finalmente. Así escribió Dave Grohl Everlong, una de las canciones más oscuras y más conocidas de Foo Fighters.

And I wonder

When I sing along with you

If everything could ever feel this real forever

If anything could ever be this good again

Se despidieron y mientras se abandonaba el recinto por los altavoces se oía Revolution de The Beatles. Cada vez que voy a un festival de música recuero el Festimad de 2005, de cómo cancelé el viaje en el último momento. Mis amigos tenían opiniones encontradas: Unos piensan en ello como una experiencia iniciática, gran catársis, y otros como la mayor desorganización que se recuerdan y que pudo acabar en desgracia. Un coche de promoción ardiendo, hogueras repartidas por el lugar, barras destrozadas y saqueadas, el rumor de la policía y la Guardia Civil en las inmediaciones preparadas para entrar y finalmente, Prodigy tocando con horas de retraso cuando el sol rompía el alba.

 

Foo Fighters en París.

 

 

Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".