El disparo es lo de menos. Kurt Cobain. Obituario.
nirvana_salvador j tamayo
Artículo publicado en la revista Obituario

 
Odio cuando el grupo deja de tocar y tienes que decidir qué hacer el resto de tu vida.
 
Coro de Viudas
 
 
 
 
Se apagó la voz y se encendió la radio. Muchos perdimos las buenas costumbres, antes de la era internet, con Nirvana, cuando los amigos se reunían ex profeso para oír la cinta grabada del hermano mayor y se quedaban, nos quedábamos, mirándola girar, como imbéciles, en el estéreo. Con Rape Me vinieron los primeros acordes, las primeras caladas y el nihilismo adolescente potenciado por las letras de Kurt. Aprender inglés no era tan absurdo, después de todo.
 
No era un virtuoso de la guitarra ni tenía la voz más precisa pero precisamente eso era lo terriblemente grande, emocionaba como nadie lo había hecho hasta el momento. Hablan de Kurt como un chico con rabia y sólo era un chico sensible. Es de Seattle, decía uno de nosotros, como si el resto hubiera veraneado allí toda la vida. Callábamos tratando de ubicar Seattle, sin éxito naturalmente, en nuestra idea quijotesca de lo que eran los Estados Unidos. Tenemos la misma edad que Kurt Cobain cuando decidió dispararse y, muchos aún conservamos diarios, cuadernos, maquetas y recortes de la Rolling Stone, nuestro referente musical, la única revista especializada, por llamarla de alguna forma, que llegaba a las pequeñas ciudades de provincia.
 
Nos enteramos de la muerte de Kurt de la manera más natural, cuando ya nos sabíamos de memoria el disco Nevermind y logramos sacar de manera precisa los cuatro acordes de Territorial Pissing: Gotta find a way, Find a way. También nos enseñábamos canciones, recién compuestas, al teléfono los unos a los otros, como oímos que Kurt hacía con Krist Novoselic, idénticas canciones con tres frases y tres acordes que se repetían entre pedales de distorsión baratos y gritos durante tres minutos. Incluso éramos machistas sin saberlo y sin quererlo: lejos de aceptar el suicidio, la crucifixión de plomo, como algo natural, culpamos a Mademoiselle Courtney Love, nuestra generación tuvo hasta su propia Yoko Ono. Los más proféticos dijimos al oír los primeros discos de Hole que eran demasiado buenos incluso para ellos, que la viuda negra había robado maquetas y decenas de notas que tenía Kurt por su mansión para hacer un pastiche con el que seguir a delante de forma más o menos digna. Qué se yo.  
 
Alguno de nosotros, el más lento, preguntó cuándo volverían a sacar un disco de nuevo, el resto reímos. Hablábamos con el amigo del hermano mayor que juró haberse comido mil quilómetros en autoestop para verlos en la plaza de toros de Valencia y que mostraba la entrada como un tesoro, un trofeo o ambas cosas. A Kurt Cobain le encantaban las Jaguar, y las Mustang y las Stratocaster, llegó a diseñar hasta su propia guitarra con un resultado desastroso. Cuando gane un millón de dólares, todos los días lanzaré Jaguars enchufadas a un Marshall al aire para sentir el sonido al caer.
 
Eso es poesía, tíos. Pura poesía. No somos los hijos bastardos de la historia, somos adolescentes cabreados sin ninguna intención de pedir disculpas. Escribo porque existe Nirvana. Éramos jóvenes hasta para saber que éramos jóvenes, mucho menos aún para echarlo de menos.
 
 


 


Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".