Diecinueve

Artículo publicado en la revista Mala Sombra


Crecí oyendo disparos pero nunca he estado en ninguna guerra. Me encantan los videojuegos de guerra. Trabajo para una multinacional, en una oficina. Me encantan las corbatas. No uso corbata. Los multimillonarios de Silicon Valley han impuesto un nuevo código de vestir en el que ya no son necesarias las corbatas, están mal vistas las corbatas. A mí, me encantan las corbatas y jugar a videojuegos de guerra. Aunque no haya estado en ninguna. No he estado en ninguna guerra. Crecí oyendo disparos. Pantalones oscuros, camisa azul y sudadera gris abierta. Primer día de trabajo: Suit is not mandatory but, please, anything strange. Anything strange. Botas de piel y los viernes zapatillas de deporte. Shelly Lafleur usa botas negras, chaleco antibalas negro, gafas de sol negras y tiene manos negras, tez negra, y ojos verdes.

A Shelly Lafleur le gusta matar terroristas, comunistas, mercenarios, soldados estadounidenses y soldados rusos disparando su AK·47. Lo lleva equipado con una mira ACOG. Como arma secundaria usa un cuchillo táctico y de vez en cuando se oculta entre la maleza o edificios en ruinas y dispara con un Lynx hecho en Finlandia. En la II Guerra Mundial los encendedores Zippo eran trofeos de guerra para los soldados fascistas. A los americanos les venía incluidos en el equipo básico que les proporcionaba el ejército. Muchos de esos chicos no tenían edad para tomarse una copa, pero, por lo visto, sí la suficiente para morir por su país y por la democracia a más de diez mil quilómetros de su casa. Por cada enemigo que abatían, algunos solían hacer una marca en la carcasa del encendedor, en la culata del fusil.

La moda de sostener el cigarrillo entre el dedo índice y anular, haciendo el signo de la victoria, era algo que asqueaba profundamente a los alemanes y a algunos franceses. En Europa siempre se sostuvieron con el pulgar y el índice. Como tiene que ser. Shelly Lafleur tiene un encendedor que le regaló su padre y no necesita hacer marcas, recuerda cada tiro. Shelly Lafleur no fuma. Shelly Lafleur nunca conoció a su padre. Shelly Lafleur tiene veintisiete años. Shelly Lafleur es suboficial de los Marines y aunque el arma reglamentaria es el M16 A1, ella usa un Ak·47. Nació en Nueva Orleans, habla francés con su abuela y con su madre y lleva en el ejército desde los diecinueve años. Adoro a Shelly Lafleur. Admiro a Shelly Lafleur. Yo soy Shelly Lafleur.

Shelly Lafleur es mi soldado en Call of Duty: Ghost, Advanced Warfare y Black Ops III, World War II Y Black Ops III. En los Battlefield no existe la opción de elegir a un personaje femenino y si la hay, yo aún no la he encontrado. Silencio a los demás jugadores la mayoría de las veces pero cuando no lo hago Shelly Lafleur, que ha luchado durante años en los campos de combate más duros y ha asesinado de casi todas las formas posibles, escucha a adolescentes salidos diciéndole con detalles todas y cada una de las formas en las que quieren/van a follársela, a demás del bitch de rigor. Lo hacen en inglés, francés, italiano, neerlandés, español, alemán y otras lenguas que, aún, no tengo la suerte de entender. El idioma de la ofensa viene determinado por el servidor al que esté conectado en el momento. Shelly Lafleur tiene nivel 50,  y una posición bastante aceptable en el ranking mundial de jugadores. Cuando le encaja una bala en la cabeza a alguno de esos gilipollas, escupe al pasar por su lado y, pisando su cuerpo, dice: No vales nada. Digo: No vales nada. Shelly Lafleur no necesita hacer ninguna marca en su encendedor o en su fusil, recuerda a cada uno de los tipos que ha asesinado y el número de veces que lo ha hecho: BeZu (29 veces), zKliTcHyZ (17 veces), Lucas900 (45 veces), Y___ (3 veces), oUranI9 (32 veces), x-SuiCiTaU-x (88 veces).

Sin remordimiento ni rencor. Quien no conoce a Dios a cualquier santo le reza. Yo le rezo a Shelly Lafleur y ella, a su vez, a su AK·47. Epifanía española. Amén. No vales nada. Nothing Strange.

Shelly Lafleur es negra como Marcos Figueras, Malcom X, Thelonius Monk, Keke Okereke, James Yates y Lansgton Hughes. Yates y Hughes fueron brigadistas en la Guerra de España, el primer lugar donde sintieron que el color de su piel no importaba. La primera vez que en sus vidas los trataron como hombres. Herido, fue repatriado y tenían previsto alojarle en un hotel reservado por la Brigada Lincoln en Manhattan. No le dejaron entrar por ser negro. Ninguno de sus compañeros se alojó en ese hotel. Solidaridad, honor y respeto. La vuelta a la cotidianidad, de los Estados Unidos de finales de los años 30, dolió más que un disparo.

Los presos en las cárceles de Texas no pueden leer a Langston Hughes, Shakespeare, Flaubert, Chomsky, George Orwell, Dan Slater o Arthur Conan Doyle. Los presos en las cárceles de Texas pueden leer la biografía de Hitler  o My Awakening del antiguo líder del KKK, David Duke. El libro que más demandan los presos en las cárceles de Texas son el Thesaurus y los diccionarios de español.  El criterio de selección se basa en unos pilares muy ambiguos cuya interpretación está en manos de guardas que hacen las veces de censores y en la mayoría de los casos ni siquiera han acabado el instituto. No les vendría mal prestar un poco más de atención a los libros que censuran. Yates conoció a Durruti, Hemingway, La Pasionaria y Santiago Carrillo. Lo cuenta en Mississippi to Madrid. Memories of a black american in the Spanish Civil War. Llegó  Europa de forma ilegal y cruzó los Pirineos de noche con un visado gestionado por la oficina de las Brigadas Internacionales en París, dirigida por el que en unos años sería el presidente de Yugoslavia, Tito. A los negros no les daban visado para España. Así lo escribió Mireia Sentis en La Vanguardia el siete de octubre de dos mil nueve. Yates llegó a España cargado de discos de Jazz, tal vez de los primeros que se oyeron en esta/esa tierra. Los escuchaban en la sede de la liga de escritores antifascistas y a James Yates le encantaba ir a ver cantar a La Niña de los Peines. Pensaba que era lo mismo que el jazz. En esencia es lo mismo que el jazz, solo que distinto.

 

1938 // La Pasionaria: “Volved a nuestro lado. Aquí encontraréis patria los que no tenéis patria”.

 1986 // James Yates [tras darle un beso] : “Aquí estamos”.

 

Shelly Lafleur jamás ha leído a Langston Hughes, James Yates o Noam Chomsky. Con Shelly Lafleur no sirve la literatura, pero sí funcionan las palabras. Shelly Lafleur no fuma  y siempre lleva en el bolsillo un puñado de balas. Shelly Lafleur sólo tiene patria, y su nombre. Patria y nombre. Lo único que no pueden quitarle. Tiene suerte. No todos podemos decir lo mismo. [L1]/[Apuntar] [R1]/[Disparar]. Shelly Lafleur deja casquillos a modo de migas de pan para recordar el camino de vuelta a casa. Los dos disparamos a cientos de quilómetros de casa. Volved a nuestro lado. Patria. Langston Hughes no conoció a Lorca, aunque tuvieran amigos en común. Quién no los tiene. La misma sangre, treinta, cincuenta, cien años después y el recuerdo taladrando la cabeza como una plaga de tumores diminutos que hace que todo huela a gasolina.

 

Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".