Cómo escribir en lavanderías

…mientras se tararea una canción mala italiana.

Artículo publicado en la revista Granite & Rainbow


Hace años, le dije a una chica, eres como una Fender Jazzmaster con pastillas P90. Sonrió. Quizás lo más bonito que le he dicho nunca a nadie. Aunque Silvio y Sacramento me sigue llevando ventaja: «Lo más grande que he hecho por amor es tomarme un tinto en vez de un gintonic». El caso es que tiene sentido, porque todo el mundo sabe que no es igual una Jazzmaster con P90, Single Coils o Humbuckers. Aunque el instrumento sea idéntico, la canción que se toque, con cada configuración de pastillas –y en las cientos restantes- tendrá un cariz completamente distinto. La herramienta no sólo influye, sino que condiciona la música, pero ¿influye en literatura? Escribo este texto con una Macbook Pro de principios de 2011, antes lo hacía en un portátil clónico BEEP cuya placa base se derritió y, mucho antes, en una HP con el corazón de Pentium IV. En cualquier caso, antes, durante y después, he usado cuadernos negros, blancos y rojos, con goma y bolsillo interior. De los bolígrafos Bic, pasé a uno Faber Castell de madera con tinta líquida, no sin antes destrozar una pluma Parker que me encantaba -regalo de mis compañeros de piso en Florencia- para terminar, hasta hoy, tomando notas con un Pilot Hi Tech V7.

Durante todo este recorrido subyace el fantasma de una preciosa Olympia Traveller de mi madre, que también terminé rompiendo hasta hacerme con mi actual Olivetti Lettera 35, que tengo a tres mil quilómetros de donde vivo ahora. No es presunción estética, el olor de la tinta, el tacto del metal y plástico o el jazz de las teclas. Nada de eso. Mala suerte con mis primeros ordenadores y la más profunda precariedad económica en mis primeros veinte, me hicieron volver a aporrear una maquina de escribir hasta que el punto final me empujaba a la biblioteca de turno para digitalizar el documento y enviarlo por correo electrónico al editor que tocara en aquel momento. También he de añadir que, por suerte, ese tiempo duró poco.

García Márquez publicó, en El País, en julio del 82: El amargo encanto de la máquina de escribir. Gabo se debatía en la manera en la que la “herramienta” condiciona a la literatura: Escritura a mano, máquina, máquina automática. Habría que añadir ahora a esas variables los ordenadores de sobremesa, portátiles, e incluso tablets con teclado enganchado. Obvio los Smartphone porque entiendo lo absurdo de usarlos para escribir del mismo modo que es estúpido llamar literatura a 140 caracteres. Carlos Fuentes escribió dos mil páginas de Terra Nostra sólo con su dedo índice. Con la mano que le quedaba libre, como cuenta García Marquez, fumaba. Así, sí:

«Los escritores que escriben a mano, y que son más de los que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo».

«En cambio, es difícil imaginar a un norteamericano que no escriba a máquina. (…)”Las cosas importantes se hacen de pie”, dijo [Hemingway], “como boxear”.»

No hay ningún tipo de romanticismo en una máquina de escribir, una pluma Montblanc o un procesador de textos basado en MS-DOS. Puedes tener la Stratocaster de Hendrix o la White Falcon de Pablo Decoder y aún así, ¡sorpresa! No tocar como Hendrix o Pablo Decoder. Si eres guapo, al menos saldrás bien en la foto, aunque lo menos importante sea la foto. Con dieciocho escribía en papel continuo que mi padre me traía del trabajo, los usaban para imprimir teletipos. Me encantaba Kerouac, me encanta Kerouac, jamás escribí como Kerouac. De hecho, por suerte, no escribo como Kerouac, sino para bien o para peor, escribo como Salvador J. Tamayo. Aún lo uso para cartas. El correo postal es más difícil de hackear que los emails, al menos sin que te des cuenta.Una vez oí, jamás supe si es cierto, que Luís Cernuda añadía las tildes, de sus manuscritos mecanografiados, a bolígrafo. Le di muchas vueltas y se me ocurrió que su máquina no era española. Hace días en un rastro, aquí en Bélgica, compré por unos pocos euros una Brother Deluxe 1375 en mejor estado que yo mismo, tras ponerla a punto y comenzar a escribir y aún siendo consciente del teclado: AZERT, se confirmó lo peor, no hay manera humana de poner las tildes con la máquina. “Escribo con la máquina de Cernuda y sé que jamás saldrá ningún verso, tampoco un Ocnos”. Vuelvo a tener la ortografía de un niño de ocho años.

A su máquina, Paul Auster le dedicó un libro, y Francisco Umbral un poema: «Pequeña metralleta entre mis manos,/ máquina de matar con adjetivos,/ máquina de escribir, arma del tiempo». Y recuerdo la máquina de Cortázar, que custodian los chicos de “Del centro editores” en el museo del escritor en Madrid, una vez que la sacaron de paseo a Cádiz y sigo pensando que no hay romanticismo en una máquina de escribir. Sí en el fetiche. Siempre el fetiche. Y recuerdo la máquina de Cortázar y la Stratocaster de Hendrix y sonrío contento porque nunca escribiré como Cortázar ni tocaré la guitarra como Hendrix. Siento el calor subiendo por las teclas del Macbook, que abrasa sobre las piernas, y mientras reviso el texto espero a que la rueda de colores deje de girar, cada vez lo hace más tiempo y con más frecuencia, y con resignación miro a la Brother Deluxe de cinco euros, esa que, como último cartucho usaré en el futuro y en la que no podré colocar ni una puta tilde. Máquina de escribir, typewriter, typmachine, amiga que nunca falla.

“No hay romanticismo en las máquinas de escribir, sólo fetiche”, me repito.


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Salvador J. Tamayo

Escritor. Adicto a los videojuegos shooters y las guitarras de los años 60. Escucho discos de punk y he publicado los libros: "Salitre" y "Wassalon".